viernes, 2 de octubre de 2009

UN RECORRIDO

- Necesito un pantalón prestado

Con una pequeña pinza de depilar intenta quitar una a una cada astilla delicadamente empotrada en sus pieles de ganso. Resulta ser que el desprendimiento de las mismas se torna tortuoso a la par que piensa en el día en que conoció a sus padres.

Cuando conocí a mi papá él tenía mi edad y no se vestía cómo yo. Mi mamá era un poco más alta que yo y un poco más baja que mi papá. Yo no estaba en medio de nada. Yo no estaba.

Al yo-yo se le cortó el hilo. De un tajo y no de viejo. Rueda ahora sin cuerda hacia lo abrumadoramente seductor y desconocido de los patos que con intachable personalidad, inocentes y fugaces recogen insectos en el lago del Parque Centenario. Flota entre ellos dispuesto a embarrar cada uno de sus sectores más recónditos y prohibidos. Retomará la depilación de esfinges en su cuero cuando sepa con claridad lunar en qué disposición debe desordenar sus pensamientos.

Había pensado algo para sosegar mi inocencia. Había crecido como un chanchito herbívoro. Ahora no le temo a los parques. Ahora estoy hacia a la izquierda del centro.

Si es animal o no, no tiene importancia hoy. Entiende que quizás necesita decir un conteiner de cosas extraordinarias. Sólo recuerda que olvidó casi todo. Su saco astillado no habilita pausa, adquiere una movilidad impensable que junto a sus piernas, recorre todas las esquinas degolladas. No existen barrios vedados para su melancólica urbanidad. Tose, siempre tose para reafirmar una vez más su incondicional devoción hacia el tabaco. Ya no viste como otros ni como alguna vez creía que debía vestirse. Cubre sus huesos y decide, sin quererlo del todo, asistir a una suerte de exposición lindante con lo multitudinario en LA Recoleta. Ante la efímera indignación que le produce observar malas imitaciones desprovistas de sensibilidad alguna, cruza el umbral de salida y enciende todos los cigarrillos que puede. Luego parte. Con sólo una pregunta: ¿Por qué la composición brilla y nada de esto parió contenido? Definitivamente los colores estaban sangraban y morían. Concluye pensando que su lavada tristeza cercana al arte fuera de sitio no resulta inconducente un día domingo. Casi sin quererlo del todo consigue que alguien le acerque hasta la estación de trenes. Espera de pie y recorre incontables veces el andén hasta que la curva luz acarrea el Inmenso que transportará a otros tantos foráneos. Sin ningún tipo de revelación elige dónde sentarse, cómo cuidadosamente arrojarse a un libro ajeno de JotaEleBe para, pese al frío, lograr pasear inmune por siete páginas de un cuento inmortal hasta que los párpados comienzan a llorar pesares de noches añejas y trémulos se entregan al vaivén sonoro de puertas violentas y pasillos helados. Ahora todas las manchas lucen nuevas. Ahora por fin las manchas visten de fiesta. Lo que había visto vuelve a verlo en medio de una desorbitación inconmensurable.

Podría desandarme. Necesito un pantalón prestado. Yo tenía tiempo hace tiempo para saber quién creía que era. Cuándo iba morir y en manos de qué. Yo decidí quedarme todo el tiempo que fuera posible para reunirme con aquello que en las veredas de otoño me habla despacio. A los gritos de música atesorada en las venas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario