- Necesito un pantalón prestado
Cuando conocí a mi papá él tenía mi edad y no se vestía cómo yo. Mi mamá era un poco más alta que yo y un poco más baja que mi papá. Yo no estaba en medio de nada. Yo no estaba.
Al yo-yo se le cortó el hilo. De un tajo y no de viejo. Rueda ahora sin cuerda hacia lo abrumadoramente seductor y desconocido de los patos que con intachable personalidad, inocentes y fugaces recogen insectos en el lago del Parque Centenario. Flota entre ellos dispuesto a embarrar cada uno de sus sectores más recónditos y prohibidos. Retomará la depilación de esfinges en su cuero cuando sepa con claridad lunar en qué disposición debe desordenar sus pensamientos.
Había pensado algo para sosegar mi inocencia. Había crecido como un chanchito herbívoro. Ahora no le temo a los parques. Ahora estoy hacia a la izquierda del centro.
Si es animal o no, no tiene importancia hoy. Entiende que quizás necesita decir un conteiner de cosas extraordinarias. Sólo recuerda que olvidó casi todo. Su saco astillado no habilita pausa, adquiere una movilidad impensable que junto a sus piernas, recorre todas las esquinas degolladas. No existen barrios vedados para su melancólica urbanidad. Tose, siempre tose para reafirmar una vez más su incondicional devoción hacia el tabaco. Ya no viste como otros ni como alguna vez creía que debía vestirse. Cubre sus huesos y decide, sin quererlo del todo, asistir a una suerte de exposición lindante con lo multitudinario en LA
Podría desandarme. Necesito un pantalón prestado. Yo tenía tiempo hace tiempo para saber quién creía que era. Cuándo iba morir y en manos de qué. Yo decidí quedarme todo el tiempo que fuera posible para reunirme con aquello que en las veredas de otoño me habla despacio. A los gritos de música atesorada en las venas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario