viernes, 2 de octubre de 2009

PRIMERA PARTE


Voces del más acá

Ellos y Vigilia

Estoy hablando sola. Igual hablo bajito. Sin agacharme, tan sólo me siento y me recuesto. Nadie oye. Eso creo. Tal vez los álamos del jardín estén despiertos. Siempre erguidos y distantes. Inhalándolo todo hacia arriba. No importará esto ahora. Ninguno puede escucharme. No hay alarmas ni sonajeros ni revólveres en esta casa. Ellos están dormidos. Yo estoy hablando sola. Igual hablo de a poco. Sin razón son las pausas mesuradas. Enhebro, en medio de la entrega, cada vocal. Intento, con sosegado esmero, no combatir nada. Sólo decir. Lo que podría nominar mi caja torácica ocupa la misma dimensión que el coco del perro. Emito, por lo bajo, hacia la izquierda, algunas palabras. Cortadas. Lo sé, aunque dudo, ninguno puede oír. No hay atisbo de altoparlantes ni yoyos ni invernaderos en esta casa. Ellos resucitarán desde el averno. Sin prisa. Aún pueden estar dormidos. Estiro una pierna, permito al mosaico me absorba y camino. Elijo, ilustrando un puente, por dónde saldré. Qué puerta lucirá ante el vacío más acertada. Por dónde partiré lentamente, deshilachada, algo estúpida. Lo imagino cuántas veces dura el instante. Me atemorizo, me contraigo. No hay remedios ni goteras en esta casa. Estoy y hablo bajito, sola, ininteligible en medio de ellos, puedo oírlos.

Otras y Él

Comienza bebiendo. Entiende que los nervios de sus dedos combatieron la soledad. Vino barato, áspero y propicio. Palabras en lugar de este acto resultarían inapropiadas. Comprende que desde el proceso de la vid hasta esta madrugada no existe nada. Absolutamente nada. Sólo tres tragos más. Una soberbia alucinación. Un púrpura irreprochable. Un dolor amaestrado. Otras posibilidades en este instante derrumbarían su alma. Destruirían su sino. Un tanto esnob asume que la televisión propagará suicidios masivos. Luces estridentes y algún sin sabor. Él no se suicidaría, él también beberá vino. Las otras pactaron fuga a Suecia. Allí harán alarde de tetas y megáfono en un Torino. Algo cercano a lo que concluiría en una bomba muda. Lujuria vacía, él un grito. Congoja exorbitante. Comienza bebiendo para continuar, hasta que tal vez su perro le guiñe un ojo y le entregue un sentido.

Una persona

No quiere convertirse en anciana cria-gatos-a-desparasitar. Es una elección a futuro. Una convicción a priori. Una responsabilidad que asume para trazar, aunque ficticiamente, un camino. Algo así de invisible como los átomos dentro de la heladera. Algo realmente inimaginable. Podrían ser cinco o seis gatitos de maullido tenue. Podría llegar a lindar con lo kitsh y guantes de goma. Lo cierto es que hoy no quisiera dormir sola en la fantasía venidera que conservadoramente forja cada noche. Es inútil, puesto que morirá, tal vez, mañana mismo. No está sola. Está sin algo. Prefiere llamarlo la consagración de la duda. La preciada insignificancia de no estar muerto. El tiempo que la condición burguesa le obsequia con moño sartreano para, mientras prepara el café, pensar alrededor de mil profundas estupideces. Y cuando la última intenta asesinarla recordar: Se fumar.  Tóxica religión. Perfecta cantidad de humo insatisfecho. Se recuesta pensando que poseer una planta la convertiría en una persona más tolerante.

El punto

Existe un punto en el estado de ebriedad en el que resulta dificultoso asimilar la existencia del mismo. Sin embargo este aparece, se presenta, combate el sosiego, despierta una irresistible propensión al movimiento. Inevitablemente se enfrenta a la necesidad de oír cantidad de sonidos. Decide hacerlo ergo necesita hacerlo. Necesita, repentinamente, saber todo lo que creía que sabía pero que aún no le habían dicho. El punto le obsequia desinteresadamente esta posibilidad. Esta sublime belleza del cuerpo desprovisto de alambres. Entonces abraza el gesto magnánimo que el punto le brinda y baila. Sube y sube sabiendo con perpetua tristeza que el punto perecerá. Sólo hasta dibujar otro punto dentro de otro punto dentro de otro punto dentro de sí y hacia fuera. Hacia allá dónde otros puntos aguardan su turno de gestación. Su ebriedad oscilatoria y tenaz.

La Llorona

Para reanudar la inserción en el hábitat cotidiano lava su cara. La imbatible hinchazón de sus párpados traza en ella una sonrisa primaveral envidiable. Podrá salir a la calle hoy. Podría decidirlo, si pudiera realmente. No hay otra opción aún sabiendo que éstas son infinitas. Elije un atuendo acorde. Se percata que ninguno lo es. Que ninguno lo fue jamás. Qué cualquiera lo es aún sin relevar ningún rincón sensible en sus extremidades. Talvez un sombrero de ala ancha funcione las veces de tapa llanto. Carece de este tipo de accesorio. No se resignará. Hoy se reintegrará a las veredas porteñas. Será caballo y acordeón. Será todos los elefantes rosados del metro. Recibirá un periódico y sin gracia lo usará para esconder su rostro lo que el viaje le dure. Espiará entre estación y estación algún ventanuco que le entregue un rostro de reciprocidad. Un amor cosecha 18. Ansía una recompensa honda, un quiebre en los modales. Despavorida verá que nada la acedia. Que nadie nada le quiere decir. Que sus botas se agrietaron en medio de millares de pies. Y crecerá hasta alcanzar la tierra, dónde mecánicamente esbozará un andar aceptable, una mirada perpleja y sedienta. Cavará un pozo y lo saltará. Se olvida que aún está de boca al lavabo, corriendo al agua, creyendo en algo de afuera que le partirá la cara hoy y le enjugará el llanto de todos los siglos.

La Mudanza

Posee. Desciende las escaleras y se acrecienta. Saluda antes a su padre que se aleja. Entonces busca el primer baño sucio adonde ir para tragarlo a escondidas. Antes que la máquina-boleto la culpe por no saber hacerlo. Cómo. Se esmera pensando todo el mal ocasional y nada. Nada aparece. Todo es fuga. Un agujero hacia un centro desconocido. Tal vez algo de sabio haya en su fisonomía que le impide expulsar, sólo ingerir. Cómo. Cómo hacerlo. Ensaya incontables contorsiones faciales. Estrangula sus viseras sin quererlo del todo mientras come. Nada. Sólo un dolor de panza al cabo de un rato. Parecería esto injusto en cualquier historia bien contada. Cómo reblandecer el nudo, si éste decide mudarse por tiempo indefinido a la recova de su pecho. Sólo podrá ahogarse. Una y otra vez.

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