miércoles, 14 de octubre de 2009

SEGUNDA PARTE


LAS CÁRCELES DEL NAUGRAFIO

La Tangente

I

Un nombre y un apellido. Nada importante. Dos nombres y un apellido. No es importante de ningún modo. Una combinatoria de fonemas. Sin duda resulta irrelevante. Un sonido. Dos sonidos en tu cabeza. Comienza a tornarse de algún modo, presente e insólito. Aunque despojado de instante. Es un presente de costado. Un constante borroso. Un pensar en algo alojado en tu cabeza. Ya no es alguien sino algo. En tu cabeza. Algo se piensa a sí mismo, por si solo una intención fatídica. Aparece para reaparecer, siendo un mordisco y no un obsequio. Si no esto que es pasado premonitorio. Todo el tiempo. Habitando la tangente. Y los segundos parten como lluvia torrencial. A mil pedazos decapitan el suelo de la memoria. A mil pedazos. La memoria. Decapita mi cerebro.

II

Ahora es sólo un nombre. Una sucesión de sílabas con información congelada. Pronuncio tu nombre, hacia el adentro de no se yo qué espacio inhabitable en mí. Me entretengo haciendo sonar algunas vértebras de mi espalda, escucho alguna canción sabiendo que podré salir a la calle en cualquier momento. Que cada gota parida del cielo sugerirá un recuerdo diferente. Azaroso y predilecto. Recordar. Regrabar. Tener el privilegio insólito de almacenar información, de procesar seductoramente cada recóndita sed, a través de la única visión que en algún sitio del cuerpo atesoro, en los hilos que a sí mismos se eligen para cortarse unos a otros. Cuál permanece, cuál se suicida, cual mataré, cual decidiré matar y no podré hacerlo. Cual. Aquellos de dolor tranquilo. Tendría que comprar una tijera de precio módico. Cortar la tangente. Volar al mar. Descoserte.


“Los Otros”

Corriendo las memorias

Un paseo por el zoo

Como si lo de los ponys fuera un asunto jodido, pensó. Aquel legendario sector de animales ornamentados y presuntos turistas no llegaría a fabularse como un punto de encuentro. Un punto de encuentro. Pensó como si aquello formara parte de vaya a saber qué logia secreta. Quizás acepte beber un Martini lavado, intercambiar remeras de un siglo anterior. Algo semejante a un encuentro sin fe. Sólo una cantidad promisoria de risas y tambaleos de columna. En algún punto entristece al notar, con anterioridad al suceso, que todo no será más que un paseo por el zoo sin promesas, un sonido lejano sostenido por alfileres y tamborcitos.

Tararira

Decidieron tomar un paseo. Sólo reír. Nada de reñir. Acercándose al parque copetón, bebiendo del pasto una primavera memorable observan al niño pescar. “¡¿Qué, qué, qué es lo que estás intentando prematuramente pescar,¡Por Dios!?”. -“Tararira” responde inquieto el purrete. ¿Tarariras en Palermo? Así parece, el charco monarca burgués cobija tarariras PRE-mortem. Así de inimaginable una tararira atesora nuestra permanencia en el otro.

Entonces tenemos el agrado de saber que podemos llamarnos perros cuando nos place. Encontrarnos en cualquier averno social para sonreírnos desde lejos, con la complicidad de cualquier florero , algo me abraza diciéndo que siempre estará el recoveco de gracia y cariño prometido sin causa. Una compañía apacible y exorbitante que sólo nos lleva tres segundos poner en marcha, para saber y reafirmar, una tararira.

No hay comentarios:

Publicar un comentario