sábado, 31 de octubre de 2009

Paraguas Eran Los De Antes


pucha cómo llueve

me alegra y me abalanza

paraguas eran los de antes
eso me dijo Isabel Sarli
mientras afirmaba que no era tan sólo tetas bonitas
que tenía corazón e intelecto
y que si llovía prefería quedarse a resguardo comiendo estróberris
lo mismo digo

suicido los esqueletos
y me tiro

jueves, 29 de octubre de 2009

Me emborracharé tirante

Es simple. Aunque dinero cuesta si añejo es el estómago. Y si la acidez se presenta restará no creerla. ¿Querés ir conmigo? No tengo otra forma. Sí. Roberto Galán me seduce. Tengo ansia de forjarme una cobija. No extraño a nadie. Extraño algo. Algo más grande que la racionalización de esta congoja a a. A lo mejor. No sé dónde ni qué me presenta, pese a mis esfuerzos, esta certeza. Intento desmenuzar, oscilo entre llanto maltrecho y pausas que se rehúsan a lo efímero. No así a los relojes. Consúmome en una combinatoria de fechas y usos horarios. Intento retenerlos, asir. Algo reconocible en un texto de Rolando B. Permanecer. Y para no caer en las inusitadas rebeliones del intelecto capturo ser fiel a la hormiga noctámbula. Pretenciosa las veces aguda y sarcástica, rota siempre segura de haber cruzado el zaguán del desvelo. Extraño haber conocido a Leopoldo Marechal. Padezco frías sospechas.

jueves, 22 de octubre de 2009

carece de aptitud
es el delfín en el ancla
el símbolo promisorio y el pulmón reseco
un pechito desabrigado al fin de la noche

Una tal Marcela

Marcela diose a conocer,
en medio la multitud,
un brazo soltó
otro luego.
Sospechosa en los brazos del descosido cayó .
Guardar no supo su pesar;
desmayose y aquel,
que atónito a sí mismo mirábase,
hacer no supo qué.

Refacción de algo viejo. Puliendo hasta el esqueleto

CONFE-Ti

bautismo de acciones
mandatos ocultos

...algo proviene de aquel vidriecillo,
imposible se pronuncia en medio del silencio

en un sólo grito
...la endecha

miércoles, 14 de octubre de 2009

UN RECADO A LA MORA DEL JARDÍN DEL MANSO PATIO DE FLORES AMARILLAS

Ellas lucían flacas y gordas a la vez.

Esplendorosamente tontas y eruditas salieron a volar.

Leíase en el cartel :

"NO DAR DE COMER A LAS PALOMAS"

café con leche bajo las fauces,
tabaquismo en mano izquierda, estación terminal Lacroze,
Ferrocarril Urquiza te partió, te partío un rayo.
Encuentro este espacio central dentro del recinto,
dónde sí podemos fumar,

mas no dar de comer a las palomas y sin querer pienso
en cualquier otra ciudad, o bien
te siento en esta silla vacía que naranja total y absorta
reclama mi atención.
¿Estamos grandes o gordas? Godot es caucho helado y sigo sin empleo
lo cual, mientras aguardo asistir a una especie de entrevista,
me recuerda que quedó un tiempo olvidado
en el que alguna vez reflexioné más hondo.
Tengo un mapa de Amsterdam y Berlín en el pecho
para que allí nos reunamos con los omoplatos desplegados.
Sonrientes y tristes por todas las parcelas del mundo.
¿Sabés algo acerca de una tal Marcela? Yo no.
Necesitaba escribirte con una sola mano,
aunque ahora transcriba con las dos en la era
de la pizza congelada que nunca ingerimos.
Necesitaba contarte que en el cigarrillo número 300
de la mañana pensé en vos.
Un poco boba me acercan de tajo un cenicero y siento culpa
Escucho cerca correr al tren
y quiero ir a algún lugar, ser menos egoísta y
que las palomas sean más gordas, más buenas.
Extraño algunas de nuestras reuniones bi osos polares.
Inauguremos una al aire libre.
¿Cómo estás?
¿Qué pensás antes de dormir?
Me gusta saber que el naranja se pone rojo,
que podemos no decir casi nada y
nos seguimos viendo.
Te quiero así, y lejos de las tarantelas de Alejandro Sanz y Chichito Pereyra.
Bailemos pronto.
Tramemos un picnic fotogénico, despilfarrado, rimbombante y hermoso.
Hojas secas, buzos, mantas y cervezas rancias

al polo.

g.

NECESITO PINTURA AZUL

Vomitaré entera Roma sobre tu tórax

Greco latina emergeré de la tiniebla y reiré

Me emborracharé tirante ansiando la regurgitación auténtica de Dioniso

Con buril y sin asco,

en hueco intento

no perecer y relevarme

Ante la desgracia eminente de tu ausencia

forjo barquillos y galeras donde estirar mi vitela

Con navaja y tinta al vino atesoro esta pasión serena

OTRAS VOCES


El regreso

39- Errado cartel

Se eleva sabiendo que la fosa es aún más abismal que cualquier vereda empapada post destrucción facial. La tensión radica en querer distender una falange sin conseguirlo del todo. Sin voluntad alguna los pensamientos se construyen como helados cubos. Nada más que eso. Una cantidad de hielo posándose inerte en la cáscara de tu cerebro. El habla gélida de la conciencia más dura. La inapacible vacuidad verbal roída por el brazo de la aspiradora. Ahí, ahí sales fuera y la vereda te encara para partirte los dedos. Todos. Estalla maciza para intentar destruirte. Entera. Afirmas con hondo respiro: No. Suspiro y tración. Todo lo quiere hasta nunca perecer. Entonces una baranda te devuelve un signo amorfo, indispensable y estúpido: “Estoy aquí, debo moverme, debo regresar a algún lugar para, aún queriendo subir, caer”.

El Casco y el Personaje

Martha Fóforex y 6 x 45

Se arroja sin haberse propuesto comenzar. Sabe que al cabo de algunas horas necesitará ingerir barriles de agua. Antes que nada sabe que debe consumir sólidos que permitan luego la absorción de vaya saber qué brebajes químicos orgánicos. Un tazón de fideos rellenos sentará bien. Tres bidones y 6 por 45. Sabemos deberán ingerir oles telefónicos. Les inyectan todas las promociones existentes. Ahora son más. Son casi seis. Son seis por cuarenta y cinco. Hay uno en el baño que no llega. Que siempre está sin haber llegado. Reconstruimos su presencia para extrañarlo menos, sabiendo que lo extrañaremos aún cuando esté. Posee la adorable facultad de transformarse en concepto trasgresor del tiempo. Habrá incontables intoxicaciones inocentes y canciones previsibles. No hay casco que nos salve. Que al menos lo intente. Somos la comunión silenciosa de una generación hambrienta de vainillas mojadas en whisky. Y yo, que creía saber quien era, noté que una superposición interna de seres me abrigaba para salir cuando de pronto abalanzóse el río que ante mí me presentaba a otra que también era yo:

Martha Fóforex.

SEGUNDA PARTE


LAS CÁRCELES DEL NAUGRAFIO

La Tangente

I

Un nombre y un apellido. Nada importante. Dos nombres y un apellido. No es importante de ningún modo. Una combinatoria de fonemas. Sin duda resulta irrelevante. Un sonido. Dos sonidos en tu cabeza. Comienza a tornarse de algún modo, presente e insólito. Aunque despojado de instante. Es un presente de costado. Un constante borroso. Un pensar en algo alojado en tu cabeza. Ya no es alguien sino algo. En tu cabeza. Algo se piensa a sí mismo, por si solo una intención fatídica. Aparece para reaparecer, siendo un mordisco y no un obsequio. Si no esto que es pasado premonitorio. Todo el tiempo. Habitando la tangente. Y los segundos parten como lluvia torrencial. A mil pedazos decapitan el suelo de la memoria. A mil pedazos. La memoria. Decapita mi cerebro.

II

Ahora es sólo un nombre. Una sucesión de sílabas con información congelada. Pronuncio tu nombre, hacia el adentro de no se yo qué espacio inhabitable en mí. Me entretengo haciendo sonar algunas vértebras de mi espalda, escucho alguna canción sabiendo que podré salir a la calle en cualquier momento. Que cada gota parida del cielo sugerirá un recuerdo diferente. Azaroso y predilecto. Recordar. Regrabar. Tener el privilegio insólito de almacenar información, de procesar seductoramente cada recóndita sed, a través de la única visión que en algún sitio del cuerpo atesoro, en los hilos que a sí mismos se eligen para cortarse unos a otros. Cuál permanece, cuál se suicida, cual mataré, cual decidiré matar y no podré hacerlo. Cual. Aquellos de dolor tranquilo. Tendría que comprar una tijera de precio módico. Cortar la tangente. Volar al mar. Descoserte.


“Los Otros”

Corriendo las memorias

Un paseo por el zoo

Como si lo de los ponys fuera un asunto jodido, pensó. Aquel legendario sector de animales ornamentados y presuntos turistas no llegaría a fabularse como un punto de encuentro. Un punto de encuentro. Pensó como si aquello formara parte de vaya a saber qué logia secreta. Quizás acepte beber un Martini lavado, intercambiar remeras de un siglo anterior. Algo semejante a un encuentro sin fe. Sólo una cantidad promisoria de risas y tambaleos de columna. En algún punto entristece al notar, con anterioridad al suceso, que todo no será más que un paseo por el zoo sin promesas, un sonido lejano sostenido por alfileres y tamborcitos.

Tararira

Decidieron tomar un paseo. Sólo reír. Nada de reñir. Acercándose al parque copetón, bebiendo del pasto una primavera memorable observan al niño pescar. “¡¿Qué, qué, qué es lo que estás intentando prematuramente pescar,¡Por Dios!?”. -“Tararira” responde inquieto el purrete. ¿Tarariras en Palermo? Así parece, el charco monarca burgués cobija tarariras PRE-mortem. Así de inimaginable una tararira atesora nuestra permanencia en el otro.

Entonces tenemos el agrado de saber que podemos llamarnos perros cuando nos place. Encontrarnos en cualquier averno social para sonreírnos desde lejos, con la complicidad de cualquier florero , algo me abraza diciéndo que siempre estará el recoveco de gracia y cariño prometido sin causa. Una compañía apacible y exorbitante que sólo nos lleva tres segundos poner en marcha, para saber y reafirmar, una tararira.

viernes, 2 de octubre de 2009

PRIMERA PARTE


Voces del más acá

Ellos y Vigilia

Estoy hablando sola. Igual hablo bajito. Sin agacharme, tan sólo me siento y me recuesto. Nadie oye. Eso creo. Tal vez los álamos del jardín estén despiertos. Siempre erguidos y distantes. Inhalándolo todo hacia arriba. No importará esto ahora. Ninguno puede escucharme. No hay alarmas ni sonajeros ni revólveres en esta casa. Ellos están dormidos. Yo estoy hablando sola. Igual hablo de a poco. Sin razón son las pausas mesuradas. Enhebro, en medio de la entrega, cada vocal. Intento, con sosegado esmero, no combatir nada. Sólo decir. Lo que podría nominar mi caja torácica ocupa la misma dimensión que el coco del perro. Emito, por lo bajo, hacia la izquierda, algunas palabras. Cortadas. Lo sé, aunque dudo, ninguno puede oír. No hay atisbo de altoparlantes ni yoyos ni invernaderos en esta casa. Ellos resucitarán desde el averno. Sin prisa. Aún pueden estar dormidos. Estiro una pierna, permito al mosaico me absorba y camino. Elijo, ilustrando un puente, por dónde saldré. Qué puerta lucirá ante el vacío más acertada. Por dónde partiré lentamente, deshilachada, algo estúpida. Lo imagino cuántas veces dura el instante. Me atemorizo, me contraigo. No hay remedios ni goteras en esta casa. Estoy y hablo bajito, sola, ininteligible en medio de ellos, puedo oírlos.

Otras y Él

Comienza bebiendo. Entiende que los nervios de sus dedos combatieron la soledad. Vino barato, áspero y propicio. Palabras en lugar de este acto resultarían inapropiadas. Comprende que desde el proceso de la vid hasta esta madrugada no existe nada. Absolutamente nada. Sólo tres tragos más. Una soberbia alucinación. Un púrpura irreprochable. Un dolor amaestrado. Otras posibilidades en este instante derrumbarían su alma. Destruirían su sino. Un tanto esnob asume que la televisión propagará suicidios masivos. Luces estridentes y algún sin sabor. Él no se suicidaría, él también beberá vino. Las otras pactaron fuga a Suecia. Allí harán alarde de tetas y megáfono en un Torino. Algo cercano a lo que concluiría en una bomba muda. Lujuria vacía, él un grito. Congoja exorbitante. Comienza bebiendo para continuar, hasta que tal vez su perro le guiñe un ojo y le entregue un sentido.

Una persona

No quiere convertirse en anciana cria-gatos-a-desparasitar. Es una elección a futuro. Una convicción a priori. Una responsabilidad que asume para trazar, aunque ficticiamente, un camino. Algo así de invisible como los átomos dentro de la heladera. Algo realmente inimaginable. Podrían ser cinco o seis gatitos de maullido tenue. Podría llegar a lindar con lo kitsh y guantes de goma. Lo cierto es que hoy no quisiera dormir sola en la fantasía venidera que conservadoramente forja cada noche. Es inútil, puesto que morirá, tal vez, mañana mismo. No está sola. Está sin algo. Prefiere llamarlo la consagración de la duda. La preciada insignificancia de no estar muerto. El tiempo que la condición burguesa le obsequia con moño sartreano para, mientras prepara el café, pensar alrededor de mil profundas estupideces. Y cuando la última intenta asesinarla recordar: Se fumar.  Tóxica religión. Perfecta cantidad de humo insatisfecho. Se recuesta pensando que poseer una planta la convertiría en una persona más tolerante.

El punto

Existe un punto en el estado de ebriedad en el que resulta dificultoso asimilar la existencia del mismo. Sin embargo este aparece, se presenta, combate el sosiego, despierta una irresistible propensión al movimiento. Inevitablemente se enfrenta a la necesidad de oír cantidad de sonidos. Decide hacerlo ergo necesita hacerlo. Necesita, repentinamente, saber todo lo que creía que sabía pero que aún no le habían dicho. El punto le obsequia desinteresadamente esta posibilidad. Esta sublime belleza del cuerpo desprovisto de alambres. Entonces abraza el gesto magnánimo que el punto le brinda y baila. Sube y sube sabiendo con perpetua tristeza que el punto perecerá. Sólo hasta dibujar otro punto dentro de otro punto dentro de otro punto dentro de sí y hacia fuera. Hacia allá dónde otros puntos aguardan su turno de gestación. Su ebriedad oscilatoria y tenaz.

La Llorona

Para reanudar la inserción en el hábitat cotidiano lava su cara. La imbatible hinchazón de sus párpados traza en ella una sonrisa primaveral envidiable. Podrá salir a la calle hoy. Podría decidirlo, si pudiera realmente. No hay otra opción aún sabiendo que éstas son infinitas. Elije un atuendo acorde. Se percata que ninguno lo es. Que ninguno lo fue jamás. Qué cualquiera lo es aún sin relevar ningún rincón sensible en sus extremidades. Talvez un sombrero de ala ancha funcione las veces de tapa llanto. Carece de este tipo de accesorio. No se resignará. Hoy se reintegrará a las veredas porteñas. Será caballo y acordeón. Será todos los elefantes rosados del metro. Recibirá un periódico y sin gracia lo usará para esconder su rostro lo que el viaje le dure. Espiará entre estación y estación algún ventanuco que le entregue un rostro de reciprocidad. Un amor cosecha 18. Ansía una recompensa honda, un quiebre en los modales. Despavorida verá que nada la acedia. Que nadie nada le quiere decir. Que sus botas se agrietaron en medio de millares de pies. Y crecerá hasta alcanzar la tierra, dónde mecánicamente esbozará un andar aceptable, una mirada perpleja y sedienta. Cavará un pozo y lo saltará. Se olvida que aún está de boca al lavabo, corriendo al agua, creyendo en algo de afuera que le partirá la cara hoy y le enjugará el llanto de todos los siglos.

La Mudanza

Posee. Desciende las escaleras y se acrecienta. Saluda antes a su padre que se aleja. Entonces busca el primer baño sucio adonde ir para tragarlo a escondidas. Antes que la máquina-boleto la culpe por no saber hacerlo. Cómo. Se esmera pensando todo el mal ocasional y nada. Nada aparece. Todo es fuga. Un agujero hacia un centro desconocido. Tal vez algo de sabio haya en su fisonomía que le impide expulsar, sólo ingerir. Cómo. Cómo hacerlo. Ensaya incontables contorsiones faciales. Estrangula sus viseras sin quererlo del todo mientras come. Nada. Sólo un dolor de panza al cabo de un rato. Parecería esto injusto en cualquier historia bien contada. Cómo reblandecer el nudo, si éste decide mudarse por tiempo indefinido a la recova de su pecho. Sólo podrá ahogarse. Una y otra vez.

UN RECORRIDO

- Necesito un pantalón prestado

Con una pequeña pinza de depilar intenta quitar una a una cada astilla delicadamente empotrada en sus pieles de ganso. Resulta ser que el desprendimiento de las mismas se torna tortuoso a la par que piensa en el día en que conoció a sus padres.

Cuando conocí a mi papá él tenía mi edad y no se vestía cómo yo. Mi mamá era un poco más alta que yo y un poco más baja que mi papá. Yo no estaba en medio de nada. Yo no estaba.

Al yo-yo se le cortó el hilo. De un tajo y no de viejo. Rueda ahora sin cuerda hacia lo abrumadoramente seductor y desconocido de los patos que con intachable personalidad, inocentes y fugaces recogen insectos en el lago del Parque Centenario. Flota entre ellos dispuesto a embarrar cada uno de sus sectores más recónditos y prohibidos. Retomará la depilación de esfinges en su cuero cuando sepa con claridad lunar en qué disposición debe desordenar sus pensamientos.

Había pensado algo para sosegar mi inocencia. Había crecido como un chanchito herbívoro. Ahora no le temo a los parques. Ahora estoy hacia a la izquierda del centro.

Si es animal o no, no tiene importancia hoy. Entiende que quizás necesita decir un conteiner de cosas extraordinarias. Sólo recuerda que olvidó casi todo. Su saco astillado no habilita pausa, adquiere una movilidad impensable que junto a sus piernas, recorre todas las esquinas degolladas. No existen barrios vedados para su melancólica urbanidad. Tose, siempre tose para reafirmar una vez más su incondicional devoción hacia el tabaco. Ya no viste como otros ni como alguna vez creía que debía vestirse. Cubre sus huesos y decide, sin quererlo del todo, asistir a una suerte de exposición lindante con lo multitudinario en LA Recoleta. Ante la efímera indignación que le produce observar malas imitaciones desprovistas de sensibilidad alguna, cruza el umbral de salida y enciende todos los cigarrillos que puede. Luego parte. Con sólo una pregunta: ¿Por qué la composición brilla y nada de esto parió contenido? Definitivamente los colores estaban sangraban y morían. Concluye pensando que su lavada tristeza cercana al arte fuera de sitio no resulta inconducente un día domingo. Casi sin quererlo del todo consigue que alguien le acerque hasta la estación de trenes. Espera de pie y recorre incontables veces el andén hasta que la curva luz acarrea el Inmenso que transportará a otros tantos foráneos. Sin ningún tipo de revelación elige dónde sentarse, cómo cuidadosamente arrojarse a un libro ajeno de JotaEleBe para, pese al frío, lograr pasear inmune por siete páginas de un cuento inmortal hasta que los párpados comienzan a llorar pesares de noches añejas y trémulos se entregan al vaivén sonoro de puertas violentas y pasillos helados. Ahora todas las manchas lucen nuevas. Ahora por fin las manchas visten de fiesta. Lo que había visto vuelve a verlo en medio de una desorbitación inconmensurable.

Podría desandarme. Necesito un pantalón prestado. Yo tenía tiempo hace tiempo para saber quién creía que era. Cuándo iba morir y en manos de qué. Yo decidí quedarme todo el tiempo que fuera posible para reunirme con aquello que en las veredas de otoño me habla despacio. A los gritos de música atesorada en las venas.

El Bostezo

I

Además

Traicionaría


El perro en el charco

El aburrimiento

La calle vacía y el perro en el charco

Bebe

No entra humo aquí

Ni una película

Lo agrio y el verbo


Se estaba refiriendo a algo que podría haber sido nominado sobre manera, inusitado no, decadente.

Además

Traiciono


La hoja

El espiral

El moretón en la cara


Estaba posándose sobre la tapa de un disco que no conocía, no lo recuerdo.


Además

Traicioné


El barrendero desciende

No hay perro

No hay reyerta

Está destruyéndolo todo con su pala.

Está perforando mi oído desprovisto de culpa



Entonces recordó aquel punzón que alguna vez le indicó hacia dónde no ir para seguir volviendo al lugar que no era.

sin quererlo del todo.

queriéndolo todo


Un adoquín

Un desván

Un perro muerto cuánta pena

pobre bicho


No hay espacio para compadecerse aquí

Todo duele y se esmera por ahorcarse

Hay un pequeño orificio para enhebrar lástima


No entra

Se cortó

Le sangró


Además traicionaría cuanto haya encontrado


Un recoveco y un niño

No lo conozco

No sé quién es ni para que llama

Tendrá suerte

Tendrá queso gruyere y malestares


El imbécil traicionó a la yegua

No queda ni un resto de papel para absorber el poro

No emerge el desconsuelo


Se hunde para agonizar en el transporte

Sonríe para volver a hacerlo


Arrojaría al bostezo para que deshaga mi cara


II

Bajo tierra

Un círculo de pena

La madre cura su panza


No lo conozco

Sabía que en el correr del cuarto saldrían los monos a lamer la puta


La forma predominaría y

Traición.

Abandonaron el Paso del Tiempo en el Hospital Fernández una tarde de sol


Recuerdo a Helena. Su cuerpo anciano se desdibujaba con entera vitalidad, sus frases repercutían en mí como un gran hallazgo universal proveniente del árbol que desconozco. Absorbía del cáliz aniñado su tibia leche . Qué absurdas lucían las palomas famélicas, tus labios fumigados por el presente, la figura incómoda de no saber dónde ubicarse en el anonimato del pasillo. Helena, decidí llamarte así aún sabiendo que eras tal vez Elvira o Mariposa. En el aire tus ramas lo acaparaban todo desde el agotamiento lúcido, mientras el amor deshecho le reprochaba la falta de elegancia a la muerte.

¡Traedme mis alhajas! ¡Beberemos vino dentro del saché!

De costado dolerá menos.

“TABACO, una contractura elitista

Delicada confesión

Habitación diminuta. Incontables ceniceros arrojados en el suelo.

Ella es la mujer sin siglo, edad indefinida, cabello indefinido, delgada, sin ideología, presumida y leve. Lleva botas cortas y guantes de salón. Se pasea unos instantes, busca un sitio dando pequeños, repetidos e idénticos círculos en el lugar. Se acomoda incómoda a gusto. Un pequeño tocadiscos comienza a girar cualquier canción. Se deshace, se rearma; comienza.


Ante el no cese de la ingestión de tabaco recordé que no moriría de aquello. No, no moriré de aquello, sino de esto otro. (Pausa, enciende un cigarrillo que delicadamente toma del bolsillo de su, tal vez, vestido)

Dentro de poco encontraré el pedal que me devuelva al presente y me deposite en el futuro, seguramente y por suerte, premeditado por otro. (Pausa) Las anomalías en mi falta de precisión para relacionarme (Pausa) son verdaderamente frecuentes. Si pudiera tal vez…y sólo sí realmente quisiera… (Tose durante unos segundos, luego se recompone) Podría tolerarlo. (Pausa, fuma. Modifica el ritmo de la emisión, ahora es un tanto más acelerado) Me rehúso a recurrir a un profesional que me profesionalice, me profetice u exorcice. “Usted deberá abandonar ese vicio característico que posee de comprar ceniceros compulsivamente en sitios de precios módicos. Serénese”, me dirá. Apabullada saldré a la calle; entraré en el bazar más cercano, compraré el cenicero y recordaré que no deberé volver… si tengo aún una hilacha de canción. (Pausa breve, fuma) Deberé volver. Hacia un cúmulo de verbos que me ordene. Que me indique hacia dónde dirigir mi temperamento para digerirme. Acudiré a mi diccionario, elegiré cuidadosamente cada vocablo y los anotaré en mi brazo. Intentaré recordarlos y los salvaré de la orfandad y el anonimato de las páginas. (Acceso de tos prolongado, se recompone y continúa) Aun así ¿Cómo reblandecer esta sórdida mansión en la que habito? (Pausa, se pasea) Quisiera una respuesta simple, una mascota débil. (Reflexiona)Un coballo quizá tal vez un pez. Un nuevo cenicero a quien regalar. (Retoma el ritmo acelerado) Saberme propia me desborda. Me avergüenza reconocerme análoga al plexo materno, ese cocodrilo boquiabierto y saborido. Aquello que circula en el subterráneo me desconcierta. Desconozco las palabras emitidas. A la par de la emisión comprendo que olvidé aquello a lo que me dirigía más no aquello que intentaba transformar. Extravié mi diccionario y el resto de los vocablos dirigidos a un otro me atacaron. (Silencio, fuma, confiesa) La inocencia que reside en mi aparente fragilidad se destiñe al cortar el salvoconducto. Entonces el profesional, al que nunca iré, me dirá: “Sí, es usted asquerosamente egoísta” En consecuencia deberé comprar unos cientos de ceniceros más. De todos modos inútilmente volveré a reconocer la repetición del acto detestado. La intolerancia del café frío. (Pausa) Pareciera que algo en mí no soportara el toma corriente ¿El toma corriente? ¡Sí! ¡Sí! ¡El salvoconducto! “Usted posee un salvoconducto que no le permite encontrar la ecuación exacta que luego le habilitará un sinfín de casas desprovistas de amor verdadero como la gotera que se filtra en el occipital… (Comienza a toser, no logra terminar la frase, luego se recompone, enciende otro cigarrillo , tiene una revelación)

La negación se alimenta del zumo extraordinario del arte corrido de sitio para dejar lugar al vicio externo. Fumo y poseo. Solido un órgano masculino a punto de gritarme: ¡¿Vas a quererme?! (Intenta llorar, intenta provocarse el llanto con sus propias manos, no lo consigue. Deambula en busca de otro cenicero. Elije uno, sonríe, continúa de pie. Afirma.) Sin embargo amo. (Pausa) Amo cantidades. La palabra cantidad indica el precio de la desmesura. Amo. (Pausa)Amo. (Pausa) Amo. Amo la tragedia griega. (Pausa) Temo tener que volver a rasurar el césped. ¿Desde dónde mirarlo para dejar de verme? (Pausa) Debo detenerlo. (Retoma ritmo acelerado)

Necesito una guía T, un té de canela, una manta al crochet, un chamán. Una pizca de garbo. Un Hesíodo con sus trabajos y sus días. Una indigestión entera. Una bolsa de gin. Un juego de dormitorio color ciruela. Una libreta telefónica a la cual reprocharle irresponsabilidad. Para así ordenarme y volver. Para así volver y hacer mansa la falta de este deseo enano. (Pausa) Deseo. (Pausa) Deseo. (Pausa) Deseo los grandes aviones y la viavas. A veces imagino haber ganado un trasto de golosinas y un amor cursi. Poseo y destruyo. Para delegarme al paternóster intangible. Para creer que no soy responsable. Que el cascarón roto me saludó sólo una vez y desde lejos, llevándose a otra que también era yo. Adiós enano mío. (Saluda hacia abajo) Me consumo. Sinceramente temo ser mi propia madre. Me convierto en envoltorio. En anciana llena de leche. Me deshago. (Arroja al suelo el cenicero antes elegido) Existo. (Ejecuta distintas poses, intenta una danza malograda que durará algunos segundos) Burgués y real. Quisiera fumarme entera a la ciudad. Me intoxico hasta el hartazgo. Me impaciento hasta desplomarme ante cualquier imagen seductora. Los cuerpos. Los trenes. (Pausa) Los elementos cortantes. Los rostros estropeados. Los utensilios de cocina. Los carteles despegados. Los alimentos brillantes y la palidez del reparto circular. (Pausa) Los amados. Los amantes. Los enamorados de todos a la vez. Las abuelas de sí mismas. Los monos y las yeguas. Las crines y todos ustedes. El sexo. El vicio. El hambre y el asiento para usted. ¿Lo ve? ¿Acaso no lo ha visto? ¡Es suyo!

Ahora solo intentaré dominarme. Pensaré en algo alentador: Susana Thenon, Susan Sontag, Al Pacino, Anthony Hopkins, y Antonin Artaud. Embarrarse puede encontrar dentro de sí multiplicidad de sentidos. Como todo. Me indigesto. Olvido al cocodrilo y asocio indigestión con gestión. (Se entusiasma, juega)¡Gestiónese! Sí, usted que se encuentra del otro lado del mar esperando el ocaso que no existe, el que, por lo tanto, es. ¡Vigía de la ola hacia la redención! ¡Muerte! ¡Vivimos llenos de vino! (Baila sincera) ¡Multiplicidad de rollos fotográficos! ¡Cantidades descomunales de diapositivas proyectando su vida acabada en súper ocho! (Pausa abrupta)

“Usted deberá entregarse, usted es su propia entrega, su sacrosanto delivery” (Tose avergonzada, camina rápidamente hacia el fondo, dicta como si alguna voz ajena se hiciera de su cuerpo) Observarás el efímero correr de tus pies en este charco. Aquí, ayer. El amor blanco y negro te desintegrará para devolverte un regalo ajado. Darás vuelta la página, del otro lado, el hueco. (Se aquieta, parece deshacerse) Ante el no cese de la ingestión de tabaco recordé que si decidía mudarme de mí misma encontraría el elixir, el llanto para apaciguar, para arrojar, tal vez…algo. Entregar y atragantarme, tal vez…y luego…amar. Amar el mar. Amar al mar. Amo la mar. (Pausa prolongada)

Entonces recordé que sólo a los franceses no les causaba daño el tabaco. (Se acerca al tocadiscos, ejecuta. Elije un cenicero, se sienta, enciende un cigarrillo , permanece)