Quién está cerca. Quién está en la zona.
En medio de la acera, un par de zapatos y cuatro loros. Son cinco. En medio no. Son cinco esquinas. Son cinco los loros. Como antaño solía suceder un dulce atropello me retiene y para saber qué miedo tener, bastará reconocer aquello en la fotografía del sospechoso y decir sin prisa, sí, es él, lo conozco. Enseguida esconderlo en el ajado piloto que fundará noctámbulo tu andar y contará escalones y contará baldosas como quien cuenta sus propios dedos una y otra vez intentando cerciorar alguna coincidencia aún sabiendo en secreto que tres sonará mejor que cinco y ocho veces tengo para contarte todo lo que hubiera hecho si hubiera sabido algo acerca de esta promisoria tempestad. Arbitrariedades para las manos que alargan el codo que alargan las manos que alargan el codo que esconde a las axilas de sal en ámbares que quiero tanto que tanto podría recordar perfecto y borroso todo aquello que atónito entre humo y un raspón corría. E intolerante me vuelvo en tanto elaborar encajadas respuestas se conjuga en una marejada de incógnitas y acertijos en desuso. Tal vez deba irme. Cerrar y gritar. Cuando nada habla. Sólo una inmensa quietud despareja. No extraño nada. Lo extraño todo. No hay momento y ejercer alguna torpe e inocente invitación podría presentarnos como extraños. Tropezarme y querer. Y qué indica que no hay momento, llamarlo cómo quieras. Llamarnos por fin árboles inquietos. Sólo intentar aceptar en el lugar del sueño que la reciprocidad es mansa y vacía y aún así la única verdad se me antoja diferente.
Cosas en discreto tamaño configuran el mapa del altercado en las calles. No tengo videos que nos documenten. Sólo amaneceres verdes y rosados. Entonces el aire y el ventilador evocan al llanto que llano y a sí mismo ocultarse intenta. Entero con su brazo acapara la espalda y sin prisa desbordarse, deshacerse, desalmarse, descoserse y retumbar. Levantar el cuello y tirante sumirse entre una lágrima y un esbozo en el que la sal lo cubrirá todo. De pronto en medio de esta parquedad el llanto se me trastorna vedado.
